Trampolín

(Imagen de Antonella Banda)

Yo estaba entusiasmada como siempre.

Los jueves hacía natación. Tenía seis años, me parece, y nos enseñaban a nadar hasta lo más profundo de la pileta para niñes. Janick, mi compa, era el primero. Al ratito nomás fue a aferrarse al borde de la pileta. Me asusté mucho, corrí hasta donde estaba y lloramos juntos. Ese día no nos animamos a seguir intentando. Bueno, yo ni lo intenté.

Le dijimos a la profe que mejor otro día.

Esa fue la primera vez que lloré en una pileta.

Llorar en piletas es en mi vida como un sueño recurrente. Me da miedo que la gente se ahogue. Igual siempre seguí yendo y aprendí a nadar crol y pecho. Había algo robótico-acuático en esos movimientos que se repetían en loop.

Esta historia que te voy a contar es uno de esos días difíciles. A la profe se le ocurrió que era una idea sensata hacernos saltar de un trampolín, de esos que son de hormigón y miden siete metros de alto.

Si en algún momento dieron la opción de no participar, yo no la escuché. Todo el grupo acuático enfilamos en dirección al trampolín. Todo era en fila. Había que saltar, une detrás del otre.

Muches eran valientes, sin temores ante el salto al vacío. Una chica no se animó. Llegó hasta arriba y ante tan espantosa situación decidió sentarse. Se arrastró sin levantar la cola del soporte con una sonrisa un poco nerviosa.

Después me tocaba a mí. Pensé en hacer lo mismo que ella, montar mi propio show del intento sobre aquél escenario del horror. No iba a saltar. Subí, caminé sobre esa viga, me paré bien en el borde y miré la pileta con vértigo.

No encontré ninguna forma elegante de volver, bajarme, irme y así evitar saltar. Tenía tanto miedo que n podía ni llorar. El vacío pasó a ser la única opción. Empecé a pensar en positivo, que en mi caso es algo parecido a lo que te pasa cuando no pensas.

Salté.

Ya en el aire me acordé que mi cuerpo tenía que adoptar alguna posición: palito, bomba o un imposible clavado de cabeza. Pero obviamente ya no había tiempo, por lo que instintivamente levanté una pierna y me protegí con un brazo la cara. Con la situación en absoluto descontrol llegó el golpe, dolió, me hundí y así en un segundo ya estaba abajo del agua.

Completamente sumergida, ya no veía a mis compañeres acuáticos. Todo era silencio y soledad, todo era belleza. El agua estaba fría, pero era agradable a la piel. El sonido era como un constante zumbido ininterrumpido y grave. Mis movimientos eran lentos y pesados al comienzo. Mi cuerpo comenzó a perder su forma, me crecieron unas ranuritas al costado del pecho y mi piel comenzó a reflejar un brillo de escama. Me sentía más ágil y un poco desorientada. Al nadar fui cada vez más profundo y descubrí un pequeño hueco. Era oscuro y un poco tenebroso. Pero mis movimientos me llevaron instintivamente hasta ese lugar, sin pensarlo mucho lo atravesé y me sorprendí al ver que del otro lado había plantas acuáticas de distintas formas y colores. Las algas rozaban mi piel escamosa y había otros animales jugando y escondiéndose entre los corales.

Nadé hasta perderme en ese paraíso. Nadé hasta que me olvidé de esa niña que tenía miedo de saltar, de sumergirse y de perderse en lo desconocido.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares